Es difícil deshacernos de las cargas del pasado. Es raro, por no habitual, cumplir con todos y cada uno de los pasos del duelo.
En esta sociedad en lo que prima es parecer feliz, se evita enfrentar ese incómodo proceso de superación del dolor. Nos avergonzamos de nuestra debilidad. Y la escondemos.
Guardamos dentro ese dolor. En lo más recóndito de nuestro ser, con la esperanza de que no encuentre el camino de vuelta a nuestros pensamientos. Sin embargo, ese dolor que nos habita está al acecho y, aunque solo se haga presente de vez en cuando, guía nuestra vida. Afecta nocivamente a nuestra relación con lo que nos rodea.
Enfrentarnos a él sin temor es el primer paso. Tratar de darle sentido, aprender de él. Aceptar aquello que lo provocó. Dejar de sufrir (re)vivir ese pasado.
Abandonar la culpa. Perdonar y perdonarnos, que significa olvidar. Olvidar la sensación de rabia, impotencia, rechazo, resistencia. No olvidar el hecho en sí, sino vaciarlo de su carga emocional negativa. Recordarlo sin sufrimiento.
Volver a vivir en el presente.
No mires atrás (2007) de Andrea Molaioli.
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