Orson Wells tenía razón

de

Preguntado por una definición del cine, este grandísimo genio dijo: “El cine son seis palabras: John Ford, John Ford, John Ford”. No he visto muchas de sus películas, pero ayer vi La diligencia (1939) y me conmocionó. Una obra maestra. Cine en mayúsculas.

Leo en FilmAffinity que en esa época “el género del western estaba bastante infravalorado y gracias a esta película, el maestro Ford consiguió resucitarlo y ponerlo de nuevo en las más altas cotas de la calidad artística y la aceptación popular”. Posteriormente, el género volvió a declinar como comprobamos casi a diario en el repetitivo ciclo de ETB 2.

Permítanme un inciso porque, precisamente en ese ciclo, tuve la suerte de disfrutar hace años de un diálogo estrámbotico, cuando le preguntan a un vaquero sin pasado cuál es su nombre.

- John Smith – responde éste.

Y le espeta el otro:

- Parece un nombre falso…

¡Fántastico! Es que hay películas que de tan malas son buenas…

Disculpen esta interrupción. Sigo con la película que me ocupa hoy. Porque para mí, La diligencia traspasa la barreras del género. No es sólo un western, no puede serlo. Es cine en estado puro. Todo encaja perfectamente en esta cinta: los actores, el guión, la fotografía, la música,… Salvando las distancias (no digo si son grandes o no), es un tipo de cine del que está hecha también La cinta blanca (2009) de Michael Haneke (nuestra candidata a mejor película extranjera en la presente edición de los Oscars). Cine elevado a la enésima potencia. Así lo vivo. Cine que es arte.

Nada más comenzar, me emociono como si fuera un niño que va por primera vez al cine. Sin razón aparente… Te rebosa los sentidos. Te empapa hasta la médula.

Y está llena de elementos que luego se convirtieron en clichés en los westerns de Hollywood. El borracho simpático y el parlanchín simplón (papeles que posteriormente se fusionaron en un personaje que bordó como nadie otro excelente actor: Walter Brennan), el pistolero en busca de venganza, el jugador de poker, la corista,… Y un sin fin más de personajes típicos.

Para finalizar quiero resaltar a uno de los actores, que posteriormente se especializó y fue conocido sobre todo en papeles de terror, John Carradine, que aquí aparece arrolladormente atractivo y elegantísimo y, en expresión de mi querido hermano, “hecho un chaval”.

Sobran las palabras. Por favor, véanla y disfrútenla.

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Una respuesta para “Orson Wells tenía razón”

  1. Thomas Anderson Dice:

    0 estrellas.
    Mucho palabrerío en plan cool y pocas nueces.

    PD: Tb hay que aceptar las críticas :-)

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